Desde mi ventana veo como las ramas de los árboles se mueven al compás de esa mínima brisa que nos deja octubre. Las ventanas de los departamentos reflejan el sol de la tarde y escondida tras la cortina, dejo escapar el humo de mi cigarro que se consumió por completo. Y como consecuencia, se cuela el diminuto frescor de la tarde, que promete una noche calurosa, igual a la de ayer.
Me parece imprescindible poner música.
Letras de canciones y melodías tristonas, hacen juego con mi estado de ánimo. La
nostalgia convertida en voz por Frank Sinatra. La lejanía de tiempos, no sé si
mejores o peores. Pero un tiempo que ya fue, que ya pasó, que ya no esta. Risas
de momentos que hoy son eco de alguna historia. Parte de un cuento vivido,
expresado en mis años, pegados a mi destino, injertados en mis recuerdos.
Comienza a sonar La Playa, de la
Oreja de Van Gogh, y me tropiezo con una
sonrisa. Tomándole atención a la letra. No me imagino sostener un amor
imposible para toda una vida. ¿Para qué? Si la vida es una…- Más de 50 veranos, hace hoy que no nos
vemos, ni tu ni el mar ni el cielo…- Le escucho a Amaya con esa voz
rasposa, cantando la historia de, quizás, unos cuantos. Increíblemente, pienso
que soy una afortunada. Palabra algo casi olvidada por estos días. Pues los
amores que he tenido en mi vida, los platónicos y los tangibles. Los que fueron
miel sobre hojuelas y los que fueron un infierno. Esos, los mismos que hoy me
hacen replantearme más aún mi vida. Ya están olvidados en su esencia. Pero recordados
como experiencia. Ese primer beso que no imaginé. Esa cosquilla en la guata con
mariposas y todo. Esas sensaciones que en esos momentos creía que no desaparecían.
Hoy las recuerdo con Superstar de The
Carpenters.
Frases que todavía rebotan en la cabeza. Y que sólo quedarán allí. Momentos maravillosos,
llenos de adolescencia y juventud. Con una pequeñísima cuota de madurez que
incluso, pensándolo bien, ni siquiera en las situaciones más obvias, la pude
controlar o manejar. Y rasguñando la vergüenza de tonterías hechas, brota en mi
una picara sonrisa. Que pretendo guardarlas en un rinconcito de mi
inconciencia.
Hoy al amor, lo miro de otra forma. Lo mezclo con los aires de mis treinta
tantos. Lo vivo de una forma más intensa y más seria. Lo lloro con las mismas lágrimas
pero las seco en silencio. Construyo un puente para el futuro. Un pasadizo
hacia la madurez que no me ha querido acompañar habitualmente, no sé si eso será
bueno o malo. No sé si llevar pastillas, aún en los bolsillos me hará sacar las
mejores palabras o demostrar con más carácter el sentimiento del querer a otro
individuo. De demostrar mis prioridades de vida junto al otro. De reírnos de tonterías
y a la vez hablar sobre el calentamiento global.
Termino escuchando Deseos de cosas imposibles, la Oreja
nuevamente. – Ha ganado la razón en vez
del corazón- Espero nunca dejar que mi cabeza le diga al corazón que hacer.
Pues aunque la historia ha demostrado
que debemos ser racionales y prácticos. Para
mí, el amor lo debemos sentir en las venas, en las manos, en los pies, en la
guata y en los ojos. Y aunque sufra una y otra vez, eso significará que sentiré
el amor una y otra vez…


